El lenguaje: ¿simple manifestación artística, o vasta interpretación de nuestra alma?
Existen muchas maneras de expresarnos, de comunicar
ante el resto lo que sentimos, o bien, lo que pensamos o creemos pensar. A
todas esas formas de comunicación (no
necesariamente habladas), es a lo que fielmente llamamos lenguaje.
A lo largo
de su vida, cada persona desarrolla una manera única o estilo de hacerse
entender ante la sociedad. Unos lo hacen a través de la música, otros por medio
de la pintura, la gran mayoría: en el bullicio que se vive a diario, a través de
la palabra. Es menester dejar en claro que lo que aquí se menciona no son más
que meros ejemplos de la amplia gama de posibilidades existentes usadas por el
hombre para poder comunicarse ante sus semejantes.
Precisado el concepto del
“planeta” sobre el cual girará nuestro satélite, las puertas del cielo
aflojarán sus cerraduras para que podamos continuar en este vasto camino de
interrogantes, surgidas al momento preciso de nuestra muerte, para que de
alguna forma logremos iluminarnos ante lo que nuestros ojos, neciamente, prefirieron mantenerse cerrados.
Sería interesante detenernos a analizar un asunto en
cuestión. Si el lenguaje es la clave que permite trasmitir nuestras emociones
a los demás, ¿no sería al mismo tiempo el portal por medio del cual nuestra alma
se desahoga?
Viéndolo desde el ángulo de la psicología, el lenguaje se
encuentra estructurado y/o escalonado por el reflejo del espejo a través del
cual se mira la persona.
Tal como el neuropsicólogo y médico ruso Alexander
Luria explica en su libro Conciencia y
lenguaje: “nosotros salimos de los límites de la experiencia social
inmediata y formamos conceptos abstractos que permiten penetrar más
profundamente en la esencia de las cosas”. El hombre, al momento de
comunicarse, dará a entender su punto de vista, la forma en cómo percibe el
mundo que lo rodea y de qué manera se ha visto afectado, tanto positiva como
negativamente.
Si bien se ha hablado de que el lenguaje moldea, metafóricamente, el significado de las palpitaciones de nuestro corazón, muchas
veces el “estetoscopio” no interpreta correctamente los sonidos internos que
podamos emitir, todo esto debido al rumbo equivocado por el cual nos hemos
dejado guiar. La sociedad muchas veces es la causante de este embrollo. Muchas
han sido las personas que se han dejado atrapar por las garras afiladas de los
criterios impuestos por esta vil agrupación destinada a controlar nuestros
pensamientos, a través de un vacuo mecanismo de control mental, todo por un
trivial deseo de encajar en el circo de marionetas en el cual se han criado.
Las consecuencias de caminar por un sendero ajeno a lo que de verdad
representamos derivan en un mudo grito de auxilio proveniente de lo más
profundo de nuestro ser, atrapado en una superficial celda provista de una
monótona y vacía visión, cegada por una inminente sordera que terminará
ahogándonos poco a poco en una ignorancia abismal.
Cambiando de punto cardinal, pero no de tema, es
sabido que el arte es la manera perfecta de catalogar la construcción de
nuestros pensamientos, por eso se encuentra rodeado por un aura de libertad. ¿Pero qué sucede cuando la sociedad cohíbe nuestra manera de pensar, cuando le
coloca límites a nuestra sutil forma de gritar a los cuatros vientos lo que de
verdad sentimos? No cabe duda, el arte es libertad. Si nuestra libertad se ve limitada
no tanto por las reglas que se nos imponen para la convivencia o para el
control de las masas, sino también por nuestro deseo de encajar en ese cardumen
de truchas, ¿cómo haremos llegar completamente el simbolismo de lo que para nosotros
en sí la vida representa? Si es a través de esa manera como expresamos lo que, de otra forma, no hubiéramos sido capaces de transmitir.
Mariano Picón Salas en su texto Literatura y sociedad clasifica a los
tipos de personas de las cuales hemos venido hablando. Por un lado, están
aquellos que siguiendo sus latidos internos “nos hablarán siempre con palabras
que brotaron calientes de la fragua del alma” y del otro lado de la pared,
entumecida por una humedad que les impide darse cuenta, están aquellos seres
que “no verán ni entenderán más que 'toda la gente'”.
Es importante precisar en
qué parte del mapa nos encontramos, para saber si vamos por el rumbo correcto.
De no ser así, es necesario replantearnos nuestra situación y pensar seriamente
en la posibilidad de que, mientras más tiempo sigamos ignorando los gritos de
auxilio de nuestra alma, más difícil se nos hará despertarnos de esa muerte
prematura que nosotros mismos, sin darnos cuenta, nos hemos ocasionado y que
nos mantiene alejados de nuestro verdadero yo.
Si alguna vez nos encontramos perdidos y la gran
contaminación sonora impide que escuchemos más allá del espacio externo que nos
rodea, basta con respirar profundo y hacer que los demás sonidos (que no
provengan de nosotros), callen, para intentar adquirir una conciencia
hacia el lenguaje que nos permita entender el secreto que nuestra alma mantiene
sumergida en un sinfín de pensamientos que representan el símbolo de nuestro
propio ser y que nos ayudarán a ubicarnos en el camino que nos corresponde. De
esto se trata. El lenguaje es, en síntesis, la trayectoria del camino para
encontrarnos con nosotros mismos.
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