Osten, el caballero
—¿Cuánto más? ¿Cuánto más durará este sufrimiento? —repetía para sí mismo el
castaño de orbes marrones. El tiempo se le insinuaba cada día. Menos minutos. Menos segundos. ¡Cuánta vida desperdiciada!
La tranquilidad en el reino de Osten colmaba de dicha a cada
uno de los habitantes. Obreros, comerciantes, doncellas y panaderos vivían sus días en calma. La
felicidad parecía eterna. ¿Pero
qué pasaba a las afueras del reino? Detrás de aquella muralla que resguardaba un sinfín de sueños e ilusiones, yacía un hermoso lago dentro del bosque. Nadie lo visitaba, ni nadie pretendía hacerlo. Desde hacía muchos años, una historia circulaba: “Quien ose mirar al
lago, le temerá a su propio reflejo”.
Pero al caballero de nombre sin relevancia el rumor sobre el lago se le había hecho interesante. Incrédulo
bastardo que hizo caso omiso a las advertencias. De un momento a otro, quiso
desafiar a su destino.
Lo
había logrado. Salió del reino. Pobre animal desprotegido de
cualquier ataque: así se encontraba, mas aún no lo sabía. Llegado al lago,
admiraría por un segundo tan singular aura de belleza. Agua cristalina,
sustancia pura de la creación. ¡Qué magnificencia digna de apreciar! Por unos
segundos, quedó absorto en su reflejo cual si fuera Narciso.
Prendado de lo que sus ojos veían, extendió su brazo hasta tantear con la
yema de sus dedos la humedad del lago que lo dibujaba. Pero se turbó el líquido. Y todo, en ese momento, se tornó confuso. ¿Adónde
se había ido su reflejo? ¿En qué momento lo había abandonado? Miles de
emociones trastornaron su calma. Rabia. Frustración. Desesperanza. ¿Adónde se había ido la persona quien alguna vez él creyó que fue? Cuando el agua
regresó a su curso natural, ya era muy tarde. Se topó con su mirada vacía, anclada en la
angustia. ¿Acaso
ese reflejo en el líquido era realmente él? Espejo que me trazas al frente de
mis ojos, me muestras en apariencia solo la cáscara de lo que se oculta muy en
el fondo.
Regresó
a rastras a su reino, cubriéndose con sueños las
heridas abiertas. Sentía
miedo, era algo indescriptible. El caparazón que lo protegía había colapsado.
¿Qué debía hacer? ¿Disfrazarse de mentiras como antes lo había hecho, o luchar por desprenderse de aquel mundo imaginario?
Pero, finalmente, fue la desventura la que tomó la ventaja. Y la indecisión, aun el miedo, lo dominó. Muchas veces intentaría gritar su nombre para despertar, para
abrir los ojos, para saborear un mundo diferente, un mundo real. Pero no pudo,
no fue lo suficientemente fuerte para lograrlo.
¡Oh, caballero de pensamientos olvidados! ¿Por qué aunque te encuentras en vida
decidiste vagar por los caminos de la muerte? Entablaste conversación con
versos que de oscuridad inundaron cada parte de tu ser. Profanaste tu propio
nombre con palabras mudas. ¡Llenaste tus oídos sordos con palabras necias! ¿Quién eres? ¡Confiesa tu nombre! Gritarlo alto es lo que debes. Pero no eres
capaz, nunca te atreverás a buscarte dentro de ti. Una vez lo intentaste, pero tu
esfuerzo fue en vano cuando elegiste el olvido.
Aquí
todo terminó. Nunca dijo lo que tenía que decir y su cerebro se convirtió en el vertedero de sueños abúlicos. Su cuerpo se hizo de fantasías. Se cubrió de su reino.
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