Una abeja y un foco
Era un vicio el que se había creado y, de esa creación, una muerte súbita le esperaba. Entretanto, yo contemplaba en silencio el candor de un baile que estaba lejos de vaticinar su infortunio. Danza tan ingenua, tan grácil, aun con el ardor del infierno azotándola.
Una belleza sutil se manifestaba ante mis ojos: era la fehaciente realidad de un ciclo de existencia llegando a su fin. Qué espléndido. Érase la rosa que, al marchitarse, impregna de aroma todo a su paso.
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