Antumalén: la niña del sol

    Allá, en la época donde la nada se revestía de existencia, donde el vacío se iba llenando, donde las ideas comenzaban a tomar forma. Allá (comentaban los más sabios) solo se necesitó de un pensamiento para darle vida a la vida y sentido a lo que no había sido para ser lo que ahora era.

    El mar fue un comienzo, fue nuestro comienzo, el inicio de una travesía: La Madre que entre tanta oscuridad, donde ni el sol ni la luna estaban para recibir el nombre, abrió caminos de luz para gestar nuestra existencia.

    Amaneció, a partir de allí, comenzó a amanecer. Día tras día, noche tras noche, nos fuimos moldeando agarrados de la mano con las manillas del reloj. El tiempo nos terminó de hacer y lo que inició con solo un pensamiento ahora se podía palpar, respirar, observar y vivir. Pero el camino es largo y el tiempo es infinito, así como las nuevas ideas que se fueron sembrando en cada mente que nacía. Ideas de explorar, de crecer, de conquistar. Sentimientos positivos y negativos se fueron cultivando. Sin embargo, fue la avaricia y el deseo de poder, en sí mismos, los que guiaron el camino de barcos de madera a tierras vírgenes cargadas de cultura, para pisarlas y hacerse de ellas como quien toma lo que es de su propiedad. Mas con ello no fue suficiente. La sed de destrucción por lo que no se les acoplaba incendió aldeas, separó familias, tomó la libertad y la transformó en esclavitud.

    Unos se salvaron, otros perecieron en manos de almas y huesos pintados de su mismo color. Ahora el vivir había adquirido otro significado, tanto para los que ya habitaban en estas tierras como para los que, por la fuerza, habían llegado de ultramar. Sin embargo, la vida seguía siendo un tesoro. Los valientes lo entendieron, los cobardes lo negaron. Sobrevivientes indígenas de ríos de sangre no cederían a un destino de oscuridad, de servidumbre, a causa de hermanos que valoraban más la piel que las ideas. Buscarían trazar su propio camino lejos de lo que conocían, lejos de La Madre, lejos del mar.

    Una gran y monumental sierra les abriría los brazos para darles cobijo. Cinco mil metros de altura que se convertiría tiempo después en su hogar. Todo el espacio no lo necesitaban, no era de ellos, ellos eran de ella, de tan majestuosa montaña, sagrada y exquisita, “Corazón del Mundo”, de la tierra y de las almas, la casa de los primeros hombres, centro de nuestro existir, la Sierra Nevada de Santa Marta.

    Once años pasaron desde la fundación de la ciudad que inspiró el nombre de tan celestial macizo. Historias reales, ficticias, contadas y extraviadas en el tiempo nunca dejaron de tener lugar, porque provienen de pensamientos y, a partir de un pensamiento, todo puede existir, hasta lo que se cree que no, o lo que ni cerrando los ojos podemos comprender, porque no tienen explicación, no para los que no abren el alma.

    La vida es un enigma que, constantemente, nos envía señales que muchas veces no percibimos. A veces son muy obvias, otras veces no tanto. Es un rompecabezas que ciñe sueños y esperanzas, misterios e interrogantes con tragedias y alegrías. Sueños, sí…sueños.

    —Antumalén, ¡despierta! ¡¡Vamos a llegar tarde!!

    —Tarde… Ajá, ajá, sí —murmuró entre bostezos la pequeña niña de piel morena y ojos rasgados—. Tarde... ¡¿Tarde?! ¿Por qué no me despertaste antes, Ehécatl? ¡Vamos a llegar tarde!

    Antumalén, niña Kogi de once años de edad, había nacido dos meses después de que su tribu se asentara en aquellas tierras. Las almas de sus progenitores yacían descansando en lo más alto de los picos, en la cabeza de este gran y orgánico cuerpo humano cubierto de vida animal y vegetal. Así es, era huérfana de padre y madre. Su padre había fallecido en manos de los conquistadores; su madre, luego del parto. Nunca los había visto en persona, mas los conocía como a las palmas de sus manos. Solo tenía que cerrar los ojos y viajar al mundo de los sueños, un mundo que le mostraba maravillas, personas y tristezas que, si bien podían haber existido o no, ahora eran parte del pasado. Los que la conocían estaban al tanto del peculiar don del cual Antumalén era dueña. Desde su nacimiento había sido capaz de ver, cuando dormía, a la gente que vivía en el mundo de los muertos. Jamás se topaba con nadie vivo, siempre con alguien al que su vida ya se le había agotado.

    —L-lo intenté, pero estabas murmurando cosas raras y yo… ¡B-bueno, está bien, lo admito! ¡Yo también me quedé dormido! —comentó ahora el pequeño Ehécatl, quien era dos años menor que la chica y su mejor amigo. Al igual que la joven, tenía el cabello largo y liso, y unos ojos de perlas negras impregnados de brillo y juventud.

    Al escucharlo, la niña lo tomaría de la muñeca y lo jalaría con ella a las afueras de la “maloka”, arrastrándolo por el valle para no llegar tarde a la ceremonia. En su camino se toparían con uno que otro “guá”, agricultores encargados de trabajar en los sembradíos comunitarios.

    La aldea en la que vivían era un lugar maravilloso. Quizá no era tan inmensa como una ciudad, pero el valor sentimental la hacía grande, inmensamente grande. Muchas viviendas, chozas circulares, bohíos o malokas, como comúnmente se les decía, adornaban los alrededores del valle. Su estructura de madera se encontraba recubierta con barro, y su techo en forma de cono era de paja. Cada familia disponía del suyo, más dos o tres parcelas en las que sembraban sus cultivos. Las personas allí convivían en plena paz y armonía. Cada quien tenía asignada su labor, nadie se quejaba y todos se ayudaban entre sí. Las mujeres, cubiertas con vestidos blancos que les llegaban hasta los talones y collares de chaquira, se encargaban, en su mayoría, de la siembra y recolección. Los hombres, por su parte, vestidos con ruanas y pantalones del mismo color que las anteriores, se dedicaban a la ganadería, a la caza y a la sepultura de los muertos. La energía masculina y femenina se volvía una sola para crear un balance, para vivir en equilibrio.

    —¡Qué alivio, aún no han comenzado! —aseveró el niño al llegar junto a su compañera al lugar en donde se llevaría a cabo el ritual.

    Antumalén asentiría calmada, mas se percibía distante, como si algo agobiara en esos momentos sus pensamientos.

    —¿Uhm? ¿Te sucede algo? —preguntó Ehécatl.

    —A decir verdad… ¿Ah? ¡Ah! ¡No es nada! Ja, ja, ja. Estaba pensando en voz alta. No te preocupes —respondió Antumalén al percatarse de que los niños comenzaban a alistarse en sus respectivas posiciones—. ¡Vamos a nuestros puestos, es hora! —su semblante al decir eso enseguida mutó a uno esbozante de alegría y gozo.

    Lo que más le gustaba a la niña era bailar, por lo que no era extraño verla entusiasmada. Segundos después la ceremonia comenzó. Los danzarines estaban en filas, de un lado los chicos y del otro lado las chicas, cada quien al lado de su pareja asignada. En esta ocasión, los niños de la tribu le harían un tributo al Padre Sol, acompañados por la melódica sonata de flautas aztecas, maracas y tambores. Ellos realizarían la danza y los adultos mayores tocarían los instrumentos. Enseguida empezó, las filas avanzarían paralelas hasta la mitad del terreno que utilizaban de escenario. Luego de eso se separarían y formarían a lo largo dos círculos, cada cual representando uno de los géneros. Los espectadores, por su parte, se mostraban encantados con la presentación. El ritmo era melodioso, calmado, humeante de belleza y paz. Se contagiaba la alegría, y la tristeza era enviada a lo lejos con pisadas firmes que la sepultaban en lo más profundo de la tierra. Los brazos, saludando al sol con gran efusividad, se alzarían al cielo y luego buscarían las manos de su compañero de baile. Las parejas se movían con delicadeza, lentitud y gracia, y luego se juntarían para crear una enorme circunferencia, que los contuviera a todos y que representara, con las manos tocando la piel, la tierra y el cielo, los pétalos de una flor abriéndose en primavera. También la nostalgia buscó conjugarse y lo logró, añadiendo esencia de vitalidad y añoranza a una danza conocida por todos como “El Chicote”, danza cargada de memorias y experiencias que representaba, en sí misma, la tradición y la belleza de la naturaleza.

    —Muy bien hecho, niños —comentó una voz femenina cuando hubo terminado el baile. Todos los infantes fueron a abrazar a sus familiares, incluía Antumalén, quien corrió a los brazos del Mama de la tribu, padre de su padre, su abuelo.

    —¡Qué energía, pequeña niña del sol! —le dijo el adulto de cejas pobladas y cabello encanecido a su nieta. Su nariz era ancha y achatada, y su piel morena y un poco arrugada por los ochenta y tres años que ya caían sobre su cuerpo.

    La menor solo optó por regalarle una amplia sonrisa, ofuscada de nuevo por pensamientos que antes la habían hecho callar.

    —Uhm… ¿Qué tal si tú y yo aprovechamos de ir al Nuhué para hablar un poco? —agregó su abuelo. Y se la llevó al templo ubicado en una de las muchas colinas del valle.

    Definitivamente algo le sucedía a la niña. Su chispeante energía parecía verse consumida por una preocupación, ¿pero por cuál? Eso lo buscaría descubrir el Mama, sacerdote de los Kogi portador de una amplia y agraciada sabiduría.

    Ya cuando hubieron llegado, el sabio le hizo la misma pregunta que le había hecho antes Ehécatl. Por su parte, interrogaría a la chica hasta que le diese una respuesta, porque para eso él estaba allí, para ayudar a los habitantes de la tribu y guiarlos por medio de consejos al camino de su destino. Siendo su abuelo, y al mismo tiempo el Mama, la confianza que tendría con él sería distinta a la que tendría con su amigo, por lo que sin mucha insistencia, desahogaría al poco rato cada uno de los males que usurpaban con miedo y confusión sus pensamientos.

    Agonía, tristeza, llantos. Dos mujeres de piel negra como la noche, y que en su vida había visto, lloraban abrazadas una de la otra, como si la vida antes de esfumarse se hubiese muerto para siempre. Eso era lo que le relataba Antumalén a su abuelo, quien la escuchó atentamente durante todo el desglose de su relato.

    Por lo que veía, la niña había soñado la noche anterior con una madre y una hija (quizá de su edad, quizá no) desconsoladas por el infortunio de su destino y el de sus seres amados. Realmente, ella no lo entendía, todo era demasiado confuso, pero sentía su dolor como si fuese suyo, a tal punto de afectarla a la mañana siguiente. Por supuesto no sería necesario decir qué sería de la vida de ambas féminas. Su don, al hacerlas aparecer en su sueño, ya se lo había aclarado. Pero había algo que merecía una respuesta, que la mantenía intrigada y llena de incertidumbre. Antumalén sentía como si el llanto de aquellas mujeres la llamara, como si dijera su nombre.

    —“Niui niuzwn stunka” —comentó el sabio frotando la mezcla de ayú con cal en la superficie de su poporo. Tras hacerlo, consumiría un poco, con lo que activaría su pensamiento para conectarlo con el de Serankua (padre de la naturaleza) y el de su nieta.

    —“El sol brilla de día” —repitió, cerrando los ojos—. Y la luna brilla de noche. Pero a veces los eclipses oscurecen todo, para cegarnos y no dejarnos ver lo que necesitamos ver. Sin embargo, muchas veces en la oscuridad encontramos más luz que con el cielo encendido, pero solo eso cuando no nos dejamos vencer por el miedo, porque allí es cuando percibimos la verdadera luminosidad que solo nuestro ser puede emanar.

    —No entiendo, Mama. ¿Qué quiere decir?

    —Pequeña niña del sol, tú necesitas respuestas, aférrate a esa idea y búscalas, aunque el miedo te apañe, aunque el sol se esconda, para que el eclipse no te detenga y puedas brillar de nuevo.

    Esa noche Antumalén siguió su consejo. Tomó sus cosas -un bolso de lana con provisiones para el viaje- y descendió la montaña siguiendo el curso del río Palomino, dejándose guiar por pasos ciegos que ni sabían de direcciones ni de puntos de llegada. Sus instintos eran su mapa y el sonido del cauce, junto al cielo estrellado, su acompañante de viajes. Algo le decía que bajara la montaña y, según lo que había aprendido de los adultos mayores, el río que seguía la guiaría al pie de la Sierra, para encontrarse con La Madre, el mar. La noche pareció corta, pero las horas fueron verdaderamente largas. En su camino no había espacio para el miedo; sin embargo, estaba sumamente aterrada, mas sus ansias de callar las dudas en su mente fueron más fuertes que sus temores.

    —¿Por qué sonríes, Mama? —preguntó uno de los señores que se encontraba reunido junto al sabio a esas horas de la noche en uno de los templos.

    —No es nada —contestó él con total naturalidad sin borrar aquella sonrisa de su rostro. Lo cierto es que nadie de la tribu sabía de la temporal ausencia de la niña, ni siquiera el Mama estaba enterado, pero lo percibía, como si en su trayecto su misma alma velara sus pasos.

    Paso tras paso, la selva húmeda y el clima fresco de la montaña, conforme descendía, se iban tornando cálidos y secos. Aún le faltaban muchas horas de viaje, pero las imágenes que se apoderaban de su mente le sirvieron para sobrellevar el cansancio. Imágenes de dolor, de agonía, pero también de lucha. Ya a los minutos caminaba por inercia, absorbida por el sendero del pasado cuya tierra contenía el sudor y lágrimas de sus ancestros. Sin saberlo, cada pisada representaba un pedazo de historia y cada pedazo de historia se ceñía a su cuerpo y envolvía su corazón.

    ¿Por qué a través del dolor le muestras la vida a quien aún no comprende su significado? ¿O es solo una pieza del rompecabezas? ¿Es eso, no es así? La mente confusa y nublada de la niña la mantendría absorta por un largo rato, tanto que parecería eterno, aun siendo efímero.

    Al final, solo al final pudo despertarse por un amanecer que nada tenía que ver con el cielo. Era una luz proveniente de una de las partes más bajas de la montaña. No era la base, sería muy pronto para llegar de serlo. Sin embargo, dado su anterior funcionamiento automático, tampoco sería muy extraño que hubiese recorrido más de lo que sus adoloridos pies, ya llenos de ampollas por el esfuerzo, estaban acostumbrados a soportar.

    La curiosidad la guio, pero, para su sorpresa, solo se consiguió con más oscuridad. Mujeres y hombres de piel azabache yacían reunidos alrededor de una fogata, cantando y bailando en un idioma indescifrable para ella. En el momento en que los vio, sus piernas le flaquearon y un nerviosismo irracional comenzó a invadirle de repente todo su cuerpo. Veía y no creía, oía y no entendía. ¿Por qué tenía tanto miedo? ¿Es que acaso confundió el color de su piel con la penumbra de sus pesares? La noche: misteriosa e incomprensible, callada y oscura. Eso fue, a eso le temía, a no comprender lo que estaba al frente de sus ojos. Ellos eran la noche, ella era el día. Antumalén niña del Sol apagada por la falta de estrellas.

    —¿Te encuentras bien? —le preguntaron de pronto en aquel idioma extranjero.

    Un hombre fornido de alta estatura, cabello ensortijado y tez como la noche se encontró con su espalda de manera accidental cuando buscaba su piel entre la vegetación. La impresión que le causó solo provocó un nuevo silencio de su parte. Esas facciones únicas, tristes... ya las había visto en algún lugar, un lugar remoto de ensueño.

    Al no recibir respuesta de la niña, y ante su cara de miedo, solo suspiró. El hombre… solo suspiró. Después de eso se dirigió hasta donde su gente, que se encontraba alrededor del fogón esperándolo con tambores, una maraca tubular, cununos y una tambora pequeña. Lo recibieron con abrazos y palmadas en la espalda. Antumalén permaneció en su sitio de rodillas observando todo lo que sucedía, confundida y aterrada a la vez.

    —Hoy se cumplen once años, ¿no es así, Foluke? —preguntó una señora de mayor edad, antes de comenzar a tocar uno de los instrumentos mientras conversaban—. Pulika, Saidah. Tus tesoros. Me imagino cuánto has de extrañarlas.

    —Mucho, Kaluwa, mucho. Mis tesoros… Quiero volver a verlas.

    —¿Por qué no les cantas para hacerles llegar eso que sientes?

    El sonido de más instrumentos se unieron y también luego la voz adolorida, cansada y llena de mucha tristeza del hombre cuya edad rondaba los cuarenta y siete años.

Ay, la vida se me está cayendo
cuando yo de ti me separé.
A mí el sol se me ha apaga‘o
más nunca va a amanecer.

    En coro más voces después se juntaron. En el centro, sin tocar el fogón y danzando entre los músicos, un grupo de tres mujeres jóvenes con la piel marcada y el corazón vuelto un nudo realizaban movimientos pausados y coordinados, que convertían el dolor en el más bello y trágico sentimiento para contener la fuerza de seguir viviendo, fuerza para impulsarlos a continuar y para recordarles en el camino que el palo golpea duro siempre por una razón.

    Los danzarines mantenían el cuerpo erguido y ejecutaban deslizamientos cargados de gracia, juntando sus pies y flexionando levemente sus rodillas. Parecían remolinos recolectando todo el melodioso dolor de la danza, y luego, al final para hacer un cierre, mariposas batiendo sus alas para soltarlo, liberarlo y decirle adiós. Daba tristeza verlos, escucharlos, porque de alguna forma u otra, todos sus sentimientos eran transmitidos, palpados, no con las manos, sino con el corazón.

    Con la pálida luz de la luna haciendo brillar los ojos del cantante principal, los cantos fúnebres de un alma desconsolada conmovieron a la niña, quien, a pesar de no entender su idioma, comprendía el suplicio, el tormento, el calvario del sujeto. Esos gritos agudos y tembleques por la fuerza del sentimiento erizaban su piel y colmaban de lágrimas sus orbes plateados. Eran capaces de turbar los estados del espíritu, de abrir el pasado y de rememorar los viejos tiempos, la patria perdida y los seres amados. En su mente, mientras tanto, se dibujaban las siluetas de las mujeres aparecidas en su sueño, pero, esta vez, serenas y llenas de paz. La hija de la señora era bella, hermosa como la madre, con facciones únicas… como el padre, y con una sonrisa de perlas blancas capaz de iluminar la oscuridad más siniestra. Verlas así hacía todo muy diferente. Su panorama sufría una metamorfosis para conjugarse con lo que no vivió y con lo que necesitaba comprender.

    “El bullerengue”, género musical que ellos interpretaban, fue lo que le abrió los ojos para develar quiénes eran las mujeres que lloraban al bajar sus párpados y la razón por la cual la habían contactado. Si a través de la música él pudo transmitirle su sentir, ella se les uniría para hacerle llegar a él el cómo se sentía su familia. Se levantó y se dirigió a ellos con las manos sobre su pecho. De sus mejillas corrían lágrimas, pero de sus labios nacía alegría. No fue necesario decir nada, todos se encontraban perplejos. Sin embargo, la vieja y sabia Kaluwa cerró los ojos y se dejó llevar por lo que le pedía su cuerpo. “Mapalé”. Toques de tambor, yamaró y quitambre llamaron a la vida para alegrar la velada.

    Hombres y mujeres conformaron parejas y armonizaron con las palmas de sus manos la energía del baile. Pasos cortos, movimientos desenfrenados de brazos, piernas y caderas tuvieron lugar. El desenfreno de los saltos y la vitalidad de las pisadas liberaban el estrés, drenaban la tristeza. El baile, elixir de la libertad efímera, se había convertido en una forma de vida y de comunicación. Antumalén bailaba junto a Foluke, a quien había apodado Aruma, por la similitud entre él y la noche. Adelante, atrás, arriba y abajo. Todos levantaron sus brazos al cielo, ejerciendo poder y enviándole mensajes de vida al universo. Minutos después, el universo correspondió a su saludo. El cielo se nubló y roció sobre ellos sus aguas de esperanza.

    —“Holo, holo”. Aruma —musitó la niña con timidez y dejó sobre las manos de Foluke un plátano ahumado que había mantenido guardado dentro de su bolso de lana, todo ello luego de que el baile terminara.

    El señor le sonrió dulcemente como si, en el reflejo de los ojos de la niña, hubiese visto a su propia hija y a su esposa, saludándolo y enviándole oraciones de afecto. Como si le dijeran “gracias, gracias por todo”, y le profirieran un adiós que nunca fue y que, en no mucho tiempo, se convertiría en un “bienvenido”. Por unos minutos, solo por unos minutos, ambos disfrutaron mínimamente de lo que habían perdido. Sin ser de la misma sangre, uno se convirtió en padre y otro se convirtió en hija. Fue un momento perfecto, perfecto y fugaz. Perecedero, que dejó huellas imborrables.

    La hora de partir había llegado. Con su misión cumplida, un suspiro de alivio se coló por todo su ser. Antumalén se despidió de cada uno de sus nuevos amigos, a quienes quizá ya no volvería a ver, pero que siempre iba a recordar. Mientras se iba, el cielo amaneció y el ecosistema de aves diverso que iba desde guacamayas hasta loros, llenó su mundo de color y de vida. Bandadas de mariposas, anacondas y monos aulladores no pudieron faltar. Se hicieron escuchar para llenar su camino de ritmo. Fue en ese momento cuando una pregunta arribó en sus pensamientos.

    “¿Por qué si la naturaleza tiene una banda sonara tan mezclada, los humanos no? ¡Basta de etiquetas, basta! ¿No sería bonito conjugar, mezclar, batir, todo ese remolino de sensaciones que cada cultura distinta a la nuestra puede brindarnos? Unir todo en uno solo, disfrutar la diversidad y saborear las diferencias, comprender lo que es distinto a nosotros y vivirlo como si fuese nuestro. ¡Ah, qué maravilloso! Verlos ahí, a Aruma con su familia bailando junto con mis padres”, pensaba Antumalén.

    No le costó mucho imaginárselos después bailando un género que mezclaba todo lo que ella conocía y lo que, en muy pocas horas, había llegado a aprender. Melodías indígenas, ritmos africanos, toques de tambores, sonatas de gaitas y maracas serían el acompañamiento musical de movimientos lentos, pícaros, cadenciosos y llenos de gracia. “Cumbia”, así le llamarían dentro de unos años. Baile, danza que no necesitaba de las palabras para transmitir el sentimiento de un aire zambo cargado de cultura, tradiciones e historia.

    En la imaginación de la niña, todo cobraba la vida que le correspondía. El escenario, que representaba las memorias de un pueblo despojado de sus tierras: arena blanca, aguas cristalinas, sonidos paradisíacos de La Madre, el mar; y la melodía, que unía el dolor de dos tradiciones distintas para convertirlas en superación, superación de hermanos tomados de las manos para avanzar, no para retroceder. Porque la sangre no siempre hace a los hermanos, no siempre hace a la familia, lo hace por sí solo el sentimiento, el sentimiento de empatía por descubrir que el dolor ajeno es más propio de lo que parece y que la agonía de terceros es la agonía de uno mismo.

    Al llegar a su hogar, Antumalén levantó los brazos al cielo, saboreó la vida y respiró cada rayo del sol que le brindaba vitalidad, como si fuese la primera vez que pisaba esas tierras, tal cual sus antepasados once años atrás.

    —¡Soy libre! —fueron las palabras que escaparon de sus labios por la euforia del momento. Y así es como se encontraba, en libertad, al igual como lo estaría Aruma cuando lo viese una vez más, esa noche, en sus sueños.

Comentarios

  1. Y este fue el trabajo que elaboré para participar en la expedición (Ruta BBVA, 2015).

    Recuerdo que al enviarlo un cúmulo de emociones y expectativas diversas me envolvieron, y preguntas por supuesto, porque -sin saberlo en su momento- le estaba dando paso a un porvenir lleno de sorpresas. La ilusión, la curiosidad: fueron mis principales motores; ellos me adentrarían por un terreno rocoso, y para quien siempre ha estado acostumbrada a transitar por caminos llanos, esto terminó resultando para mí una de las mejores experiencias. Personas, culturas, lugares; todo en un solo paquete. Abrí una puerta y se me develó un mundo de fantasías. Quién diría que la vida real es más mágica que en los cuentos.

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  2. Excelente trabajo investigativo Vanessa, lleno de creatividad, orden cronológico y maravillosa redacción. La respuesta a lo que realizaste, es el resultado de ese viaje maravilloso que te permitió el intercambio cultural que viviste con tantas personas bellas y cultas. Queda la vivencia y experiencia, que tus ojos disfrutaron con tantos lugares bellos que recorriste junto a esos jóvenes que al igual que tú, soñaron despiertos. Felicitaciones

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  3. Que linda historia por coincidencia compuse una melodia que llame ANTUMALEN ...
    Rubén Patricio López Ramirez

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    1. Gracias por leerla, Rubén.

      Y si la melodía la publicaste en algún portal, comparte el enlace en los comentarios, por favor. Estaré encantada de oírla. ¡Saludos!

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