Caracas, la ciudad de la eterna diligencia

Caracas, la “ciudad de la eterna primavera”. Metrópolis perfumada de misterios, ahogada en llantos y alegrías, aturdida por el bullicio, por el que nunca en su vida se olvida de dar los “buenos días”. Así es ella, mas solo una parte. Describirla me tomaría demasiado.

Es irónico (he de decirlo), existe tanto de lo que puedo hacer referencia para hablar de mi ciudad y, sin embargo, me pesa el martirio de no conseguir nada. No es falta de inspiración, sino de vivencias (con respecto a ella, claro). Aún no he tenido el decoro de vivirla a plenitud. Y es mi caso, quizá el de otros, que la rutina me condena a un eterno aislamiento.

Camino por las calles, pero no las veo. Recorro Caracas, pero no la estoy sintiendo. Entre el trajín y las responsabilidades, me olvido de contemplarla. La tengo abandonada, ha de pensar que ya ni la recuerdo.

¿Es este tu caso?, pregunto. ¿Vives la ciudad o ya dejaste de vivirla? Porque estamos siempre en apuro, siempre en movimiento. Los ojos nos pesan y los sentidos nos estorban. Puede que, en nuestra mente, el único pensamiento que nos mueva sea sobre nosotros mismos (o algo relacionado), así que nos abstraemos de todo lo demás; de la ciudad, por ejemplo, que es solo el medio para andar por la vida. Cómo es, qué misterios oculta, qué la hiere o qué le hace daño: no lo sabemos, porque solo la estamos caminando, no la estamos viviendo.

De repente nos volvemos ciegos, nada nos importa. Si alguna vez la viví, ahora le estoy cerrando los ojos. El cansancio, tal vez; la extrema urgencia, quizá. Lo cierto es que vivimos ocupados y, entre esa ocupación y nuestras ganas de dormir, lo que “sobra” se relega a un segundo plano.

Caracas, la “ciudad de la eterna diligencia”, donde su gente activa y frenética hacen pasar más rápido los días, hacen pasar más rápido el tiempo. Las horas se van y de nuevo he olvidado contemplarte.

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