Las aventuras de Dinorah
En los suburbios de la ciudad, en una casa humilde de ladrillos y barro, vivía una niña de nombre Dinorah. Todas las tardes, sin falta, al regresar de la escuela, jugaba a imaginar mundos de fantasías donde ella era la protagonista. Desde una sultana hasta la capitana de un navío, se soñaba en miles de aventuras al bajar sus párpados.
—¡Hoy escalaré una montaña, madre!
—Muy bien, cariño. Diviértete.
Era su pasatiempo favorito. Entre la realidad y la fantasía se diluían las diferencias. Un día, en horario vespertino, volvió de la escuela como siempre y se recostó en su cama, no sin antes comentarle a su madre acerca de sus peripecias futuras.
—¡Hoy seré una viajera del mundo, mamá!
—Recuerda volver antes de la cena, querida.
Cerró sus ojos y enseguida se encontró en una hermosa hondonada cubierta de una flora verdosa y perenne. Con cada inhalación, percibía el dulce aroma de la vegetación, casi mágica, alrededor. Era la calma tangible e intachable. Se oía el piar de las aves y el crujir armonioso de las ramas de los árboles. Sin embargo, cuando apenas terminaba de contemplar las maravillas del entorno, un grito le vino traído por el viento. Alguien pronunció su nombre con gran estruendo.
—¡Dinorah! ¡Dinorah!
La voz desconocida continuó llamándola varios segundos hasta convertirse en un eco.
—¿Quién me llama fervoroso, desde tan lejos, sin mostrarse? —preguntó, sin recibir respuesta.
Resolvió por caminar hasta donde parecían llamarla. Pero lejos de toparse con quien le gritaba, se encontró con un duende poco agraciado en todos los aspectos.
Resolvió por caminar hasta donde parecían llamarla. Pero lejos de toparse con quien le gritaba, se encontró con un duende poco agraciado en todos los aspectos.
—¿Me estáis espiando, joven?
El hombrecito paró de comer unas nueces que engullía con gran entusiasmo. Al escucharlo, enseguida Dinorah se dio cuenta de que las voces eran distintas.
—Busco a quien me llama. ¿Sabe usted de dónde provino…?
—No, no sé nada. ¡Déjeme! ¡Usted quiere mis nueces!
—¿Ah? No, señor, se equivoca.
Pero antes de que Dinorah pudiera explicarle, este salió corriendo sin aviso, esquivando rocas, árboles y animales que le obstruían el paso.
—¡Espere! ¡Espere!
La niña trató de seguirle el paso y se esforzó cuanto pudo por alcanzarlo. Trastabilló en un par de ocasiones, casi viéndose caer con los mismos obstáculos que el duende había esquivado. Y corrieron y corrieron hasta llegar a un claro, donde la niña se detuvo exhausta. Allí cerca nacía un río de un manantial de aguas cristalinas, desde donde la saludaba una ninfa sentada en una roca. Se le acercó sorprendida para admirar la belleza del agua, que parecía transparente y completamente pura.
Tras aproximarse, trató de hacerle la misma pregunta que le había hecho al duende, pero fue interrumpida.
—Oh, Dinorah, la que viaja entre los mundos. ¿No te gustaría formar parte de mi especie?
—¿Ser una ninfa? —negó—. Busco a quien me llama. ¿Sabe usted de dónde provino…?
—¿Y por qué no? ¡¿Le parece poco digno?! ¡Si es de los mejores roles que se pueden interpretar!
Una fuerte ventosidad arrancó hojas y ramas, e hizo retroceder a la niña unos cuantos pasos. De entre los arbustos, cargando varias nueces con ambos brazos, salió el duende arrastrado a causa del viento.
—¡Deténgase, inconsciente, que hará volar mis nueces por el reino!
El agua clara comenzó a turbarse. Perdía su calma y ya nada lograba reflejarse.
—No es lo que yo dije. Me malinterpreta…
—¿Eso hago? Ja, ja, ja. A veces la ira no me deja pensar claramente.
Todo volvió a su curso y casi hasta pareció ralentizarse. El viento, desde ese momento, dejó de soplar tan fuerte, y el duende regresó corriendo a su escondite, no sin antes pregonar sus más letales “bendiciones”.
—Me confesabas que buscabas a alguien. Fíjate en el agua, pudiere ser de gran ayuda.
Dinorah negó.
—No creo hablar pez, ni aunque lo intente.
—¡Precisamente dices eso porque no lo has intentado!
La ninfa desapareció y la niña se acercó incrédula al manantial. Al inclinarse, notó su reflejo afectado completamente, pese a la pureza del agua. En él usaba todos y cada uno de los complementos de sus anteriores aventuras: un parche de pirata, una diadema de princesa, ¡incluso un casco de astronauta!
El duende precisó el momento oportuno y…
—¡AHHHH!
Tumbó a Dinorah, quien se hundió en la profundidad del agua y de todas esas fantasías de roles diversos. Sentíase ahogarse, que el aire no le alcanzaba. Todos sus disfraces acabaron hundiéndola.
Fue entonces cuando despertó de golpe. Estaba sudada. Su padre y madre reposaban a su lado, llamándola. No había dormido más de cinco minutos.
—¡Dinorah! ¡Dinorah! Hablé con el banco, hija. Muy, muy buenas noticias. ¡Nos darán los recursos!
La ayudaron a sentarse en su silla de ruedas y la condujeron hasta la cocina. El señor de la casa había traído unos helados para celebrar.
—¿No es fantástico, cariño? Ahora podrás revivir a todos esos personajes de tus fantasías.
La niña sonrió dulcemente y negó con su rostro.
—Creo que a partir de ahora, madre, solo deseo revivir a Dinorah.
Precisamente al personaje que le había tocado vivir en esta realidad y que había estado dormido durante tanto tiempo.
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